domingo, 31 de mayo de 2026

BELLADURMIENTE SIN SUEÑO

 

 BELLA DURMIENTE SIN SUEÑO

 

Erase una vez en un reino muy lejano, un palacio de altos y esbeltas agujas que estaba triste. 

La vida se había detenido en aquel lugar: el cauce del río únicamente albergaba arena y piedras, el sol se escondía entre las nubes y los animales no se atrevían a salir de sus madrigueras. 

Transcurrieron los meses y el reino se transformó por completo; la vida despertó de su letargo: el río rebosaba en agua, peces y ranas. El sol acompañaba a esa dicha con su luz y calor, haciendo que el bosque que rodeaba al palacio tiñera de color, cantos y trinos una bucólica estampa.

Un llanto de bebé alteraba la perfecta armonía que se vivía; era Aurora, la princesita que había llenado de gozo con su nacimiento a un reino triste y apagado.

Llegó el día en que la niña fue presentación al pueblo ya los reyes y príncipes de otras tierras. El palacio se vistió con sus mejores galas para agasajar a la pequeña con toda clase de regalos.

El alborozo que se disfrutaba en el salón se esfumó cuando se oyó una voz que exclamó:

—¡Qué reunión más agradable y feliz!

 Una mujer alta y esbelta, vestida con una larga túnica negra avanzaba a grandes zancadas. De porte altivo y mirada intrigante, dijo al llegar frente a la cuna: 

Aurora, serás una princesa hermosa, inteligente, alegre y... ¡dormilona!, mas cuando cumplas dieciséis años te visitará el ave del paraíso y con ella, mi regalo...¡Ja,ja,ja! — Soltó una gran carcajada y desapareció en un denso torbellino negro.

Todos los invitados se preguntaban:

—¿Quién es esa mujer?

La niña, ajena a la situación, dormía tranquilamente. 

 

 

Pasaron los años y la vida en palacio era tranquila y feliz. Aurora se había convertido en la joven que profetizó la mujer de túnica negra.

Los ojos miel y el pelo negro rodeaban a un rostro de piel blanca y fina que descubría a una jovencita vivaracha y risueña que regalaba bienestar a todo aquel que se le acercaba.

Su alegría y belleza no empañaban la inteligencia que mostraba. Su pasión era escribir y explicar historias. Siempre decía: “Las palabras me fortalecen, son mi vida”. 

Cuando la noche cubría al reino, su pasión despertaba. A la pregunta: “¿Por qué duermes tanto?”, respondió: “Mientras duermo, sueño. Los sueños son mi inspiración”. 

En primavera, siéntate al borde del estanque, observará a los cisnes y escribirá conforme a su actividad principal. En invierno, el fuego del hogar alumbraba a una pluma blanca y cargada de tinta que relataba vivencias y pensamientos.

Todo cambió el día en que la princesa cumplió dieciséis años.

El palacio se vistió con sus mejores galas y, como cada año, príncipes y plebeyos acudían a la cita de rendir pleitesía a la más bella del reino: la princesa Aurora. 

El salón principal bullía en comentarios y risas. Las trompetas empezaron a sonar y con su melodía, los reyes y su hija entraron en la estancia a ritmo lento, saludando a los invitados con una generosa sonrisa.

Una vez apostentados en sus respectivos sillones, el rey anunció:

—Queremos celebrar el aniversario de Aurora con todos vosotros. ¡Que empiece la fiesta!

Dando una fuerte palmada, trompetas, cítaras y violines empezaron a sonar y con ellos, las primeras parejas de baile iniciaron la celebración.

—Majestad, soy inmensamente feliz —susurró Aurora a su padre—. Esta jornada no la olvidaré jamás.   

—Yo tampoco, pequeña —contestó el rey, acariciando el rostro de la joven. 

 

 

En ese momento, apareció volando por el centro del salón un pequeño pájaro que provocó una exclamación general: “¡Oooohhh, qué bello!”.

Se dirigió hacia Aurora y se posó en su mano. Era un gorrión de belleza nunca vista: De cuerpo negro y cabeza manchada con un gran azul lunar. El resto alternaba entre el rojo, ocre y amarillo. Lo que llamaba más la atención era la cola: cual bigote imperial, dos largas y estrechas plumas grises con puntas arqueadas hacia arriba se extendían hacia los lados del cuerpo. 

Con un movimiento y exacto, se colocó lento en la palma y allí quedó acurrucado como un recién nacido en el regazo de su madre.

— ¿Habéis visto alguna vez un ser tan precioso? Parece tan débil...—dijo Aurora, acariciándole suavemente.

En ese instante, una pequeña explosión en su mano, acompañada de un remolino de humo negro, hizo desaparecer al pajarillo y una voz exclamó: " Este es mi regalo, Aurora, me sentirá y no me verás. Soy Escle, tu hada madrina". 

Todos en palacio se quedaron perplejos, sin saber qué hacer ni decir.

—Se da la fiesta por finalizada —manifestó el rey, preocupado por lo que habían vivido.

Cuando el salón quedó vacío, Aurora dijo a sus padres:

—Majestades, con vuestro permiso me retiro a mis aposentos. Ha sido ésta una jornada repleta de emociones.

—Como quieras, hija—contestó la reina.

Esa noche, Aurora blandió la pluma blanca de cisne, pero se le hacía difícil escribir porque todo en ella eran emociones y zozobras.

—¿Quién eres Escle? ¿Qué quieres? —murmuró la princesa, al tiempo que sus ojos se cerraban.

El sueño de la bella durmiente resultó agitado y lleno de oscuridades y sombras extrañas. 

 

 

Desde la visita del ave del paraíso, la vida de la princesa se transformó en una serie de acciones inacabadas y torpes. Cada pequeña tarea que realizaba requería de un esfuerzo enorme que tenía que estar acompañado de un momento de reposo:

—¿Qué me ocurre? ¿Por qué no me puedo vestir sin tener que descansar? ¿Por qué estoy tan fatigada? —exclamaba llorando en la soledad de su cuarto.

La vida se convirtió en un infierno cuando comprobó que no podía escribir. Las manos estaban tan rígidas que apenas podían sostener la pluma; cuando lograba asirla de manera correcta y empezaba a redactar, su escritura era inteligible debido a los temblores de los dedos. En los pergaminos no existían palabras, sino garabatos sin sentido.

—¿Quién me ha robado la vida? ¡Quiero morir! —gritaba al cielo.

Los momentos en los que pretendía descansar, sin lograrlo, eran aquellos en los que se acostaba para dormir. Era tal el dolor en sus manos, que el sueño la había abandonado. 

Una de esas noches en las que sollozaba tumbada en su lecho, algo ocurrió:

La habitación se transformó en una especie de nube blanca. Un torbellino plateado entró por la ventana, al tiempo que se oía el canto lejano de mil gorriones.

Cuando todo se hubo calmado y volvió a su estado natural, un pergamino reposaba al lado de la princesa.

La joven lo cogió y desplegó, temerosa de lo que allí podía haber.

Una nota rezaba: 

 

Querida Aurora:

Soy Mielina, tu hada madrina y hermana de Escle.

Sé de tu desánimo y tristeza, mas no temas.

Cuando acariciaste al ave del paraíso, Escle entró en ti y juega contigo a su antojo. Vive ahora contigo un duende travieso que sabe cómo enojarte y desconsolarte.

Escle es muy caprichosa y tal y como ha venido, se irá.

No luches contra ella, vive con ella y demuéstrale tu fortaleza.

En los momentos en los que necesitas escribir, ve al estanque y sumerge tus manos en sus frías aguas. Todo cambiará. La pluma blanca del cisne volverá a estar a tus órdenes.

 

Sé feliz.

 

 

                                                                 FIN

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


sábado, 30 de mayo de 2026

EL HERMANO DE PINOCHO


 

Érase una vez en un pequeño pueblo de Italia, la carpintería de Geppetto, el padre de Pinocho.

Como todo el mundo sabe, Pinocho era un muñeco de madera de pino tallada   en una noche de luna y estrellas por el mismo Geppetto. Su historia ha hecho las delicias de miles de niños y niñas, papás y mamás, en todo el mundo. Lo que no sabéis, queridos lectores, es que en aquel taller, aquella noche, había alguien más...

 

Como todos y todos recordaréis, una vez Pinocho estuvo terminado, el anciano carpintero se tumbó en una cama vieja y se durmió profundamente. Pasados ​​unos minutos, un rayo de luz blanca entró por la ventana y adquirió cuerpo de mujer. Llevaba una diadema de perlas en la cabeza y una varita brillante en la mano derecha que iluminaba un precioso vestido blanco.

Era Mielina, el hada protectora del trozo de madera que se hallaba al lado de Pinocho. Se dirigió al muñeco y le dijo:

Pinocho, en esta historia no vas a ser tú el protagonista sino Tilito, tu hermano, al que voy a dar vida.

Giró su cuerpo hacia el bloque de madera de tilo que estaba delante, se acercó   y lo tocó suavemente con la varita. Una larga hilera de estrellitas brillantes salió del palito mágico y se introdujo en el trozo de tilo. La habitación se oscureció y, de repente, el bloque empezó a moverse: se alargó, le salieron dos piernas con sus pies, dos brazos con sus manos y una cabeza. Cuando finalizó la transformación, Mielina miró a Tilito y dijo:

Te falta algo.

 Le dio un nuevo golpecito y en la cabeza aparecieron ojos, nariz, orejas, boca y pelo.

El muñeco empezó a moverse, a mirar ya caminar. Se detuvo frente a Mielina y le preguntó:

—¿Quién eres?

Soy tu hada Mielina.

—Y yo quién soy, qué hago aquí?—preguntó.

Eres Tilito, hermano de Pinocho, ese muñeco de madera, como tú, que está a tu lado. Ahora duerme porque es de noche. Te he creado para que le hagas compañía, está solo y triste y seguro que los dos os lo pasaréis muy bien. Eso sí, los juegos y las diversiones, durante el día. Cuando se esconda el sol, a dormir —respondió Mielina.

Chasqueó los dedos y desapareció. La luz que alumbraba a Tilito se apagó y el muñeco se quedó a oscuras. Cerró los ojos para descansar y esperar a que se hiciera de día.

Mientras dormía, un batallón de pequeñas vidas empezaba a organizarse en el interior de su cuerpo para el día que tenía que llegar.

Estaban capitaneadas por tres duendecillos que hacían que todo funcionara bien: Neurata, Neureta y Neurita.

Neurata era la mayor y la que se encargaba de que Tilito pudiera ver al abrir los ojos.

Neureta era la más responsable y procuraba que las manos del muñeco se movieran con agilidad con el objetivo de que si tocaban un objeto fino, rugoso, caliente o frío, Tilito lo supiera distinguir de manera fácil.

Neurita era la pequeña de las tres y la más juguetona. Su labor consistía en hacer que los pies de su amigo pudieran andar, pasear, correr y saltar. 

Los tres geniecillos no trabajaban solos, cada uno de ellos disponía de una troupe de ayudantes. Os preguntaréis: “¿Cómo se organiza?”

Tanto Neurata, como Neureta y Neurita vestían con ropa de deporte blanca pero como en el interior del cuerpo de Tilito hacía frío, llevaban un abrigo con una cola muy larga y ligera, que las ayudaba a moverse.

El abrigo de Neurata estaba bordado con estrellas, el de Neureta con círculos y el de Neurita con triángulos. Cuando tenían que trabajar, cada una de ellas se tenía que poner en contacto con alguna amiga que llevara el abrigo con el mismo bordado, y provocar que las dos colas se tocaran. Pero, ¿quién daba la orden para que toda esa maquinaria se pusiera en marcha? Dentro de la cabeza de Tilito vivía un señor muy serio y listo al que todos le tenían mucho respeto: El señor del sombrero gris. Su trabajo era agotador porque se pasaba todo el día organizando y dando órdenes a los grupos de trabajo para que Tilito pudiera hacer todo aquello que llevaba a cabo sin darse cuenta.

Cuando amanecía, El señor del sombrero gris llamaba a Neurata, Neureta y Neurita para dar sus primeras órdenes:

—Neurata, busca a tus amigas de cola de estrellas y diles que Tilito quiere que sus ojos vean, se ha despertado —decía El señor del sombrero gris a Neurata, que salía corriendo a buscar y tocar a una amiga con cola de estrellas.

 Entonces, Neurata buscaba y tocaba a otra amiga con cola de estrellas hasta llegar a la última, que tocaba al ojo y le decía:

—¡Levanta el párpado, que Tilito se ha despertado!

Después, El señor del sombrero gris ordenaba a Neureta:

—Neureta, busca a tus amigas de cola de círculos y diles que Tilito quiere que sus brazos y manos se muevan, quiere desayunar.

Y Neureta salía corriendo a buscar y tocar a una amiga con cola de círculos; Ésta a su vez buscaba y tocaba a otra, así hasta llegar a la última, que tocaba el brazo y   la mano y les decía:

—¡Moveos, que Tilito quiere desayunar!

El señor del sombrero gris seguía organizando el trabajo de todos de manera incansable:

—Neurita, busca a tus amigas de cola de triángulos y diles que Tilito quiere que sus pies corran, va a ir a jugar con Pinocho —le ordenaba.

Neurita salía corriendo a buscar y tocar a una amiga con cola de triángulos; Ésta buscaba y tocaba a otra amiga con cola de triángulos hasta llegar a la última, que tocaba a los pies de Tilito y les decía:

—¡Venga, a correr, que Tilito se aburre y quiere ir a jugar con Pinocho!

Así todos los días y por la noche, a descansar. 

 

 

 

Llegó una mañana en la que el sol no apareció. Las nubes taparon el cielo, arremolinado en una ráfaga de viento que abrió de golpe la habitación en la que Tilito y Pinocho jugaban.

El estruendo provocó que los muñecos cerraran los ojos y se taparan los oídos. Cuando el silencio volvió a reinar en la habitación y los niños abrieron los ojos, lo que allí había era una figura que les llenó de miedo y que hizo que se abrazaran. Una mujer con pelo erizado, rostro diabólico y vestido negro se plantó delante de ellos y sonreía de una manera burlona. En su mano izquierda sostenía una delgada varita negra.

Hola queridos niños, soy Escle, el hada misteriosa y hermana del hada Mielina. Estoy aquí para ser tu amiga, Tilito. Por ahora no quiero ser tu amiga Pinocho, tal vez más adelante. —rió en voz baja, burlona, ​​tapándose la boca con la mano izquierda.

Tilito, espero ser tu compañera misteriosa para siempre. No me verás ni me oirás, pero estaré contigo —finalizó tajante.

Tocó entonces la cabeza del niño de madera con la varita. Una nubecilla oscura   se introduce en Tilito como lo hace el humo de una hoguera cuando se apaga. Inmediatamente después, Escle se esfumó profiriendo una sonora carcajada:

¡Jajajaja!.

Los muñecos no entendían qué había pasado ni porqué, así que continuaron jugando. Esa mañana tocaba jugar a explicar historias fantásticas y misteriosas. Se miraron unos segundos y se echaron a reír.

 —Tilito, te toca empezar a ti —dijo Pinocho.

— ¿No has tenido bastante con la historia misteriosa de Escle? —respondió.

Se volvieron a mirar fijamente y rieron de nuevo.

Al día siguiente, el sol volvió a salir con energía y Pinocho tocó a Tilito para despertarlo.

—Vamos Tilito, despierta. Tenemos que ir a desayunar ya jugar.

—¡Ya vooooy! —respondió el niño, que esa mañana se notaba raro. Cuando salió de la cama y se puso en pie, la rodilla se dobló y cayó al suelo. Pinocho le ayudó a levantarse y fueron los dos a desayunar.

—Pinocho, distensión —dijo Tilito.

— ¿Qué pasa? —preguntó Pinocho, intrigado.

—¿Hay dos soles en el cielo esta mañana? ¿Hay otro Pinocho como tú a tu lado? —preguntó Tilito, asustado.

—No, sólo hay un sol en el cielo y un Pinocho, que soy yo.

—¡Escle, hada mala! Tú tienes la culpa de todo. ¡Mielinaaaaaa! ¿Dónde estás? —chilló Tilito, mientras lloraba amargamente.

—Estoy aquí, Tilito. Tranquilo, yo sé lo que te ocurre —dijo Mielina, que apareció por sorpresa.

—¿Qué, qué me ocurre? —le preguntó, angustiado.

Cuando Escle te tocó ayer, cortó algunas colas de las amigas de Neurata, de Neureta y de Neurita. Por eso las órdenes del señor del sombrero gris no llegan a la última amiga de la cadena y eso hace que no puedas ver bien o que tus manos no sientan lo que tocan o que, como te ha sucedido, la rodilla se doble y te caigas  —explicó Mielina.

—Y ¿por qué me ha pasado a mí y no a Pinocho? ¿Esto es para siempre?

—No lo sé, Tilito. Eso la única que lo sabe es Escle —contestó apesadumbrada Mielina.No te preocupes, llegará un día en el que el hada mala se hará buena y solo habrá un sol en el cielo .

Y chasqueando los dedos, desaparecieron.   

FIN

M I E D O

No voy a hablar del tiempo que está haciendo este verano, de las 3 olas de calor que hemos pasado y de lo que está significando para los afe...