domingo, 19 de julio de 2026

M I E D O

No voy a hablar del tiempo que está haciendo este verano, de las 3 olas de calor que hemos pasado y de lo que está significando para los afectados/as de EM.

     Voy a hablar del miedo que me supone ser consciente de todo lo que me está pasando y de cómo va a ir derivando mi degeneración; son ya 27 años con esta mierda -soy clara- y soy completamente consciente de lo que me espera.

     Esta consciencia es la que me desespera pero no quiero perderla.

     SOY VALIENTE PARA VIVIR PERO MUY COBARDE PARA ABANDONAR.





miércoles, 1 de julio de 2026

C A L O R !!!

 Vuelvo a escribir tras pasar la primera ola de calor de finales de junio.

Si a finales de este mes ya hay ola, ya nos podemos preparar!

 42 grados son difíciles de soportar para todo el mundo pero a los enfermos de esclerosis múltiple - con toda la mochila de enfermedad que llevamos en la espalda-, AÚN MÁS!!


MUCHO ÁNIMO Y FUERZA PARA TODOS/AS !!


C


Como dice B. Springsteen: TOUGHER THAN THE REST -más fuertes que el resto-.

 

martes, 16 de junio de 2026

27 AÑOS CONVIVIENDO CON ESCLEROSIS MÚLTIPLE: LO QUE NADIE TE CUENTA.

 Cuando me diagnosticaron esclerosis múltiple tenía 31 años (1999). Hoy tengo 58 (2026).

Han pasado 27 años.

Durante este tiempo he leído mucho sobre la enfermedad. He visto folletos, campañas, artículos médicos y testimonios. Todos son necesarios.

Pero hay una parte de la realidad que rara vez aparece.

Lo que nadie te cuenta es que la esclerosis múltiple no siempre te quita la fuerza. A veces te quita algo mucho más traicionero: el equilibrio.

Mi punto débil siempre ha sido el equilibrio, especialmente la pierna izquierda.

Mucha gente piensa que mis limitaciones tienen que ver con la fuerza.

No es así.

Mi problema es el equilibrio.

Y eso condiciona cualquier actividad que implique permanecer de pie.

Por eso no puedo barrer.

Por eso no puedo fregar.

Por eso no puedo poner una mesa transportando platos de un lado a otro.

No porque mis piernas no tengan fuerza suficiente.

Sino porque mi equilibrio no me permite hacerlo con seguridad.

También condiciona algo tan cotidiano como la higiene personal.

Si estoy sola en casa y necesito asearme, me apoyo en el lavabo.

Me lavo por partes.

La cara.

El cuello.

Los brazos.

Las piernas.

Todo poco a poco y sin perder nunca de vista el equilibrio.

La espalda es otra historia.

Ahí necesito ayuda.

Cuando mi marido está en casa utilizo la bañera para asearme sentado. Cuando termino, me ayuda a salir y me sienta en una silla.

Hace años habrían vivido estas situaciones como una derrota.

Hoy las veo como adaptaciones.

No son las que habría elegido.

Pero son las que me permiten seguir adelante.

Lo que nadie te cuenta es que la dependencia no suele llegar de golpe.

Llega poco a poco.

Un día necesitas una ayuda pequeña.

Otro día necesitas dos.

Y un día descubres que hay cosas que ya no puedes hacer sola.

Aceptar eso no siempre es fácil.

También hay días de rabia.

Días de cansancio.

Días en los que miras a los demás y sientes envidia de algo tan sencillo como caminar sin pensar dónde poner el siguiente pie.

Pero también hay otra verdad.

Después de 27 años sigo aquí.

La esclerosis múltiple me ha quitado cosas.

Sería absurdo negarlo.

Pero no me ha quitado las ganas de aprender.

No me ha quitado la curiosidad.

No me ha quitado el sentido del humor.

No me ha quitado la ilusión por escribir.

Me propuse ser sumiller y lo conseguí.

Me propongo escribir una novela y la escribí.

Hoy está presentada un concurso.

Y ya estoy trabajando en otra.

Tampoco me ha quitado las ganas de compartir lo que he aprendido.

Durante estos años he tenido miedo, he llorado, me he enfadado y he tenido que adaptarme a situaciones que jamás imaginé.

Y también descubrió algo importante.

Hablar ayuda.

A veces ayuda hablar con la familia.

A veces ayuda hablar con los amigos.

Y cuando eso no es posible, también ayuda a hablar aunque sea a través de un blog.

Porque poner en palabras lo que sentimos nos ayuda a entenderlo mejor.

Y porque, al otro lado de la pantalla, puede haber alguien que esté pasando por algo parecido.

Si alguna de mis experiencias consigue que una sola persona se sienta menos sola, entonces habrá merecido la pena contarlas.

Porque convivir con la esclerosis múltiple no consiste únicamente en perder capacidades.

También consiste en aprender, una y otra vez, a vivir con las que conservas.

Y aquí sigo.

Veintisiete años después.

No porque haya sido fácil.

Sino porque he aprendido que seguir adelante también es una forma de victoria.

miércoles, 10 de junio de 2026

E Q U I L I B R I O

 Mi punto débil siempre ha sido el equilibrio.

Sobretodo, la pierna izquierda.

Cuando hablo de mis limitaciones, mucha gente piensa en la fuerza. Sin embargo, mi problema no es la fuerza.

Es el equilibrio.

Son dos cosas muy diferentes.

El equilibrio condiciona cualquier actividad que implique permanecer de pie.

Por eso no puedo barrer.

Por eso no puedo fregar.

Por eso no puedo poner una mesa transportando platos y vasos de un lado a otro.

Por eso no puedo realizar muchas tareas domésticas que otras personas hacen sin pensar.

No porque mis piernas no tengan fuerza suficiente.

Sino porque mi equilibrio no me permite hacerlo con seguridad.

También condiciona algo tan cotidiano como la higiene personal.

Si estoy sola en casa y necesito asearme, me apoyo en el lavabo.

Me lavo por partes.

La cara.

El cuello.

Los brazos.

El pecho.

Las piernas.

Todo poco a poco y sin perder nunca de vista el equilibrio.

La espalda es otra historia.

Ahí necesito ayuda.

Cuando mi marido está en casa, utilizo la bañera para asearme sentada. Cuando termino, me ayuda a salir y me sienta en una silla.

Hace años habría vivido estas situaciones como una derrota.

Hoy las veo como adaptaciones.

No son las que habría elegido.

Pero son las que me permiten seguir haciendo las cosas de la forma más segura posible.

A veces me preguntan si me caigo mucho.

La respuesta es no.

Y precisamente no me caigo porque vivo vigilando.

He aprendido cada movimiento.

A reconocer mis límites.

A anticiparme a los riesgos.

Porque una caída no es solo una caída.

Lo que me asusta no es el golpe.

Lo que me asustan son las consecuencias.

Perder parte de la autonomía que tanto esfuerzo me ha costado conservar.

Por eso vigilo.

Y porque, después de tantos años, seguir en pie sigue siendo una pequeña victoria cotidiana.

S E X O

 Cuando voy a la consulta de neurología, siempre me hacen preguntas sobre muchas cosas.

Si camino bien.

Si me caigo.

Si estoy cansada.

Si tengo dolor.

Y también sobre sexo.

Me preguntan si considero que mi vida sexual es satisfactoria, si tengo deseo, si tengo orgasmos o si siento que la esclerosis múltiple ha afectado a mi sexualidad.

Los especialistas saben algo que muchas personas olvidan.

La esclerosis múltiple también entra en el dormitorio.

La respuesta, sin embargo, no es sencilla.

Tengo esclerosis múltiple desde 1999.

También tengo 58 años.

Y también paso por la menopausia.

A veces resulta difícil saber qué parte de los cambios pertenece a una cosa y cuál a la otra.

Lo que sí sé es que el sexo ha cambiado.

Y tenía que cambiar.

No porque desaparezca el deseo.

No porque una enfermedad neurológica se convierta en una persona en alguien incapaz de sentir atracción.

Simplemente porque el cuerpo ya no responde igual.

Hay más fatiga.

Menos energía.

Más limitaciones físicas.

Menos espontaneidad.

Cosas que antes sucedían sin pensar ahora requieren planificación.

Y eso cuesta aceptarlo.

Durante mucho tiempo pensé que el verdadero problema era la enfermedad.

Con los años entendí que el verdadero problema era empeñarme en que todo seguía siendo como antes.

No lo es.

Ni volverá a serlo.

Y no pasa nada.

La intimidada también puede aprender nuevas formas.

Nuevos ritmos.

Nuevas maneras de entender el deseo.

Nuevas maneras de entender el amor.

La esclerosis múltiple me ha obligado a cambiar muchas cosas.

Mi forma de caminar.

Mi forma de moverme.

Mi forma de relacionarme con mi cuerpo.

Era inevitable que también cambiara mi forma de vivir la sexualidad.

No es una derrota.

Es una adaptación más.

Una de tantas.

Y, como tantas otras , también he aprendido a convivir con ella.

T R A U M A

 Cuando se habla de esclerosis múltiple, la gente suele pensar en la dificultad para caminar, en la fatiga o en la pérdida de equilibrio.

Pero hay muchos traumas invisibles.

Yo debo tener más de uno.

Sin embargo, hay uno que todavía me provoca angustia.

A veces, no siempre, depende de lo lejos que esté el baño, se me escapa la orina.

Voy muy preparado. Utilice productos absorbentes de buena calidad. He aprendido a anticiparme a los problemas. Sé lo que tengo que hacer y cómo hacerlo. Sé perfectamente cómo gestionar estas situaciones.

Y aún así, hay algo que no consigo evitar.

Cada vez que me levanto de una silla, miro el asiento.

Lo hago en casa.

Lo hago cuando voy a un restaurante.

Lo hago cuando estoy en casa de otras personas.

Lo hago casi sin pensar.

Miró por si dejó algún rastro.

Por si hay una mancha.

Por si alguien puede verla antes que yo.

No es una cuestión de higiene.

Es una cuestión de miedo.

Miedo a la vergüenza.

Miedo a que otros vean algo que yo llevo años intentando gestionar con discreción.

Miedo a que la enfermedad se haga visible de una forma que no puedo controlar.

Hay quien piensa que los grandes traumas llegan el día del diagnóstico.

No siempre.

A veces llegan después.

Aparecen en los pequeños gestos cotidianos.

En cosas tan simples como levantarte de una silla y mirar hacia atrás.

Porque en ese instante recuerdas que tu vida ha cambiado.

Y porque, aunque hayas aprendido a convivir con ello, hay heridas que siguen doliendo en silencio.

domingo, 7 de junio de 2026

TENGO ENVIDIA

 Si.

Tengo envidia.

No de quien tiene más dinero.
No de quien tiene una casa más grande.
No de quien presume de una vida perfecta en las redes sociales.

Tengo envidia de las cosas pequeñas.

De quien sale a caminar sin pensar en cada paso.
De quien sube unas escaleras sin calcular el esfuerzo.
De quien hace planes para dentro de un año sin preguntarse cómo estará entonces.

Convivo con esclerosis múltiple desde 1999.

Durante mucho tiempo me enfadé con la enfermedad. Después llegó el duelo. Y, con los años, la aceptación.

Aceptación no significa resignación.

Significa entender que mi vida cambió y que no había marchado atrás.

Aun así, hay días en los que miro a mi alrededor y siento envidia.

Veo personas sanas. Personas que pueden hacer cosas que yo ya no puedo hacer. Personas que ni siquiera piensan en su cuerpo porque su cuerpo simplemente responde.

Y yo duelo.

No siempre. No todos los días.

Pero hay días en los que duele.

Lo curioso es que, cuando miro mi propia vida, descubre otra realidad.

La esclerosis múltiple me quitó cosas, sí.

Pero no me quitó todas.

Cuando entendí que mi vida había cambiado, tomé una decisión: seguir adelante con lo que aún podía construir.

Quise ser sumiller. Y me convertí en sumiller.

Quise escribir una novela. Y escribí una novela completa que hoy está presentada a concurso.

Ahora estoy escribiendo otra.

No lo cuento para presumir.

Lo cuento porque, a veces, incluso yo misma necesito recordarlo.

La enfermedad me ha puesto límites.

Pero no ha decidido quién soy.

Hay días de rabia.
Hay días de cansancio.
Hay días de tristeza.

Y también hay días en los que levanto la vista y pienso:

«No he llegado hasta aquí para rendirme ahora.»

Quizás la envidia siga apareciendo de vez en cuando.

Pero ya no ocupas toda la habitación.

Porque, junto a ella, también viven el esfuerzo, la voluntad y las cosas que consiguió construir pese a todo.

Y esas, nadie puede quitármelas.

M I E D O

No voy a hablar del tiempo que está haciendo este verano, de las 3 olas de calor que hemos pasado y de lo que está significando para los afe...