Cuando se habla de esclerosis múltiple, la gente suele pensar en la dificultad para caminar, en la fatiga o en la pérdida de equilibrio.
Pero hay muchos traumas invisibles.
Yo debo tener más de uno.
Sin embargo, hay uno que todavía me provoca angustia.
A veces, no siempre, depende de lo lejos que esté el baño, se me escapa la orina.
Voy muy preparado. Utilice productos absorbentes de buena calidad. He aprendido a anticiparme a los problemas. Sé lo que tengo que hacer y cómo hacerlo. Sé perfectamente cómo gestionar estas situaciones.
Y aún así, hay algo que no consigo evitar.
Cada vez que me levanto de una silla, miro el asiento.
Lo hago en casa.
Lo hago cuando voy a un restaurante.
Lo hago cuando estoy en casa de otras personas.
Lo hago casi sin pensar.
Miró por si dejó algún rastro.
Por si hay una mancha.
Por si alguien puede verla antes que yo.
No es una cuestión de higiene.
Es una cuestión de miedo.
Miedo a la vergüenza.
Miedo a que otros vean algo que yo llevo años intentando gestionar con discreción.
Miedo a que la enfermedad se haga visible de una forma que no puedo controlar.
Hay quien piensa que los grandes traumas llegan el día del diagnóstico.
No siempre.
A veces llegan después.
Aparecen en los pequeños gestos cotidianos.
En cosas tan simples como levantarte de una silla y mirar hacia atrás.
Porque en ese instante recuerdas que tu vida ha cambiado.
Y porque, aunque hayas aprendido a convivir con ello, hay heridas que siguen doliendo en silencio.
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