Cuando voy a la consulta de neurología, siempre me hacen preguntas sobre muchas cosas.
Si camino bien.
Si me caigo.
Si estoy cansada.
Si tengo dolor.
Y también sobre sexo.
Me preguntan si considero que mi vida sexual es satisfactoria, si tengo deseo, si tengo orgasmos o si siento que la esclerosis múltiple ha afectado a mi sexualidad.
Los especialistas saben algo que muchas personas olvidan.
La esclerosis múltiple también entra en el dormitorio.
La respuesta, sin embargo, no es sencilla.
Tengo esclerosis múltiple desde 1999.
También tengo 58 años.
Y también paso por la menopausia.
A veces resulta difícil saber qué parte de los cambios pertenece a una cosa y cuál a la otra.
Lo que sí sé es que el sexo ha cambiado.
Y tenía que cambiar.
No porque desaparezca el deseo.
No porque una enfermedad neurológica se convierta en una persona en alguien incapaz de sentir atracción.
Simplemente porque el cuerpo ya no responde igual.
Hay más fatiga.
Menos energía.
Más limitaciones físicas.
Menos espontaneidad.
Cosas que antes sucedían sin pensar ahora requieren planificación.
Y eso cuesta aceptarlo.
Durante mucho tiempo pensé que el verdadero problema era la enfermedad.
Con los años entendí que el verdadero problema era empeñarme en que todo seguía siendo como antes.
No lo es.
Ni volverá a serlo.
Y no pasa nada.
La intimidada también puede aprender nuevas formas.
Nuevos ritmos.
Nuevas maneras de entender el deseo.
Nuevas maneras de entender el amor.
La esclerosis múltiple me ha obligado a cambiar muchas cosas.
Mi forma de caminar.
Mi forma de moverme.
Mi forma de relacionarme con mi cuerpo.
Era inevitable que también cambiara mi forma de vivir la sexualidad.
No es una derrota.
Es una adaptación más.
Una de tantas.
Y, como tantas otras , también he aprendido a convivir con ella.
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