Mi punto débil siempre ha sido el equilibrio.
Sobretodo, la pierna izquierda.
Cuando hablo de mis limitaciones, mucha gente piensa en la fuerza. Sin embargo, mi problema no es la fuerza.
Es el equilibrio.
Son dos cosas muy diferentes.
El equilibrio condiciona cualquier actividad que implique permanecer de pie.
Por eso no puedo barrer.
Por eso no puedo fregar.
Por eso no puedo poner una mesa transportando platos y vasos de un lado a otro.
Por eso no puedo realizar muchas tareas domésticas que otras personas hacen sin pensar.
No porque mis piernas no tengan fuerza suficiente.
Sino porque mi equilibrio no me permite hacerlo con seguridad.
También condiciona algo tan cotidiano como la higiene personal.
Si estoy sola en casa y necesito asearme, me apoyo en el lavabo.
Me lavo por partes.
La cara.
El cuello.
Los brazos.
El pecho.
Las piernas.
Todo poco a poco y sin perder nunca de vista el equilibrio.
La espalda es otra historia.
Ahí necesito ayuda.
Cuando mi marido está en casa, utilizo la bañera para asearme sentada. Cuando termino, me ayuda a salir y me sienta en una silla.
Hace años habría vivido estas situaciones como una derrota.
Hoy las veo como adaptaciones.
No son las que habría elegido.
Pero son las que me permiten seguir haciendo las cosas de la forma más segura posible.
A veces me preguntan si me caigo mucho.
La respuesta es no.
Y precisamente no me caigo porque vivo vigilando.
He aprendido cada movimiento.
A reconocer mis límites.
A anticiparme a los riesgos.
Porque una caída no es solo una caída.
Lo que me asusta no es el golpe.
Lo que me asustan son las consecuencias.
Perder parte de la autonomía que tanto esfuerzo me ha costado conservar.
Por eso vigilo.
Y porque, después de tantos años, seguir en pie sigue siendo una pequeña victoria cotidiana.
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