Durante todo el verano albergaba una esperanza: cuando desapareciera el calor, yo mejoraría. Me aferré a esa idea porque necesitaba creer que aquello era temporal, que mi cuerpo solo estaba agotado por las altas temperaturas y que el otoño me devolvería una parte de lo perdido.
El otoño ha llegado. Yo no estoy mejor.
No me duele absolutamente nada. Lo extraño es precisamente eso: no hay dolor, pero cada día dependo un poco más de la silla. Mi cabeza continúa despierta, llena de proyectos y de ganas de hacer cosas, mientras mi cuerpo va reduciendo mi mundo sin pedir permiso.
Hace un tiempo apareció un ángel. Llegó cuando yo estaba en el fondo del abismo, me tendió la mano y consiguió sacarme de allí. Durante un tiempo sentí que alguien me veía de verdad: no solo a la mujer con esclerosis múltiple, no solo a la silla, sino a mí.
Ahora ese ángel ha desaparecido.
No quiero que me digan que debo ser fuerte. Llevo siéndolo desde 1999. Tampoco necesito frases bonitas ni soluciones imposibles. Sé perfectamente todo lo que todavía puedo hacer. Pero también sé lo que voy perdiendo y tengo derecho a decir que estoy cansada, enfadada y asustada.
Quizá un ángel no necesite alas. Puede ser alguien que se quede un rato, que escuche sin juzgar y que no intente arreglarlo todo. Alguien capaz de decir: «No sé cómo ayudarte, pero estoy aquí».
Si tú también te has sentido así, puedes escribir. No necesitas dar tu nombre ni contar nada que no quieras. Tal vez dos personas que se sienten solas puedan hacerse compañía desde lados distintos de una pantalla.
Yo hoy solo me atrevo a pedir una cosa:
Enviadme un ángel.
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