lunes, 1 de junio de 2026

BLANCANIEVES Y LOS 8 ENANITOS

 

BLANCANIEVES Y LOS OCHO ENANITOS

 

Érase una vez en un país muy lejano, un espeso bosque que cobijaba a una gran diversidad de animales, flores y fuentes de agua fresca que hacían la delicia de ranas, sapos y renacuajos.

Álamos, robles y pinos formaban una frondosa arboleda, en cuyo centro aparecía un   prado verde y soleado, con una casita blanca.

En su interior todo era pequeño: una mesa pequeña rodeada de ocho pequeñas sillas y ocho pequeñas camas hacían pensar que se trataba del hogar de alguien de pequeño tamaño: era la casa de los ocho enanitos del bosque. 

Siete de los ocho hermanos trabajaban en el huerto de la familia que se encontraba al otro lado del río que cruzaba el valle. El octavo, por ser el menor, se encargaba de mantener limpia ya punto la morada.

Cada uno de ellos tenía un nombre, acorde con su carácter y manera de ser:

Sabio: El mayor y el más erudito. Todos confiaban en su opinión, excepto cuando se ponía nervioso o tenía que pronunciar una frase importante , entonces se atrabancaba y le salían las palabras al revés.

Gruñón: Cara de enfado, cejas arqueadas. Sus comentarios desconfiados y negativos eran lo último que se escuchaba en cualquier conversación.

Estornudos: El alérgico de la familia. Cualquier cosa le provocaba unos intensos picores en la nariz que le causaban unas sonoras y mocosas sacudidas.

Dormilón: Bostezar era la acción preferida por este enanito. Tenía tanto sueño que parecía haber estado encantado por un hada.

Feliz: Para él todo era maravilloso . La maldad y el peligro no existían. Su rostro mostró en todo momento una amplia y sincera sonrisa.

Tímido: Nunca se atrevía a hablar sin sonrojarse y sin hacerse un nudo en su larga barba.

Mudito: El más dicharachero de todos. Aunque no emitía sonido alguno con su boca, la campanilla que sostenía su mano no cesaba de repicar.

Sin nombre: El pequeño de los hermanos. Su trabajo en el huerto consistía en ayudar a Mudito en la faena de recoger las hortalizas y frutas que los demás desechaban. No tenía nombre, ya que no se había llegado a un acuerdo. Como siempre, fue Sabio quien concluyó:

—Hasta que no lleguemos a una decisión, a nuestro hermano le llamaremos Sin.

—¡Qué nombre más ridículo! —rezongó Gruñón.

—¡Qué cortito y melódico...! —murmuró Feliz.

—¡Tilín, tilín! —repicó Mudito.   

Sin, que era un joven enanito un tanto curioso, quiso que Sabio le razonara su decisión:

—A ver Sabio, ¿puedes darme una explicación de por qué decidió este nombre? —preguntó, mientras mordisqueaba una manzana roja, su fruta preferida.

—Veráaas, he estado pensando mucho tiempo sobre este tema y, valorando el trabajo que desempeñas en casa y en el huerto, Sin es apropiado.

— ¿Eso es todo? No tiene mucho sentido. —dijo, pasmado por la sentencia de su hermano.

—Sí, eeeeso tooodooo eees —respondió Sabio a trompicones.

El día a día de los enanitos era una rutina feliz: despertaban con el canto de los primeros gorriones, desayunaban, se despedían de Sin y se dirigían al huerto. Éste no se encontró muy lejos de la casita. El trayecto se asemejaba más a una excursión que a un desplazamiento al trabajo ya que el camino se iniciaba con la exclamación “¡En marcha!”, que gritaba Sabio en cuanto Mudito cerraba la puerta del hogar. En ese momento, se colgaban al hombro los aperos de faena y un canto desafinado pero de alegre entonación se oía en el bosque: “Lalalalí, lalalalá, vamos a trabajar...” .

La jornada de Sin era diferente: sus tareas familiares consistían en mantener el hogar limpio y cocinar para la familia. El pequeño huerto con hortalizas y varios árboles frutales aseguraban la manutención de los enanitos.

El quehacer del hermano pequeño se interrumpía cuando su presencia en el huerto era requerida para ayudar a Mudito en la recogida de las hortalizas y frutas dañadas por los pájaros e inclemencias del tiempo. Esas jornadas representaban para Sin momentos de diversión y recreo en que los   juegos y bailes con Mudito reforzaban la estimación que ambos se profesaban.

 

 

 

 

 

 

 

 

Todo cambió   un día en el que el sol se durmió y las nubes se hicieron   dueñas del cielo.      

Esa mañana gris los enanitos iniciaron la marcha como de costumbre, en fila y en orden: Sabio el primero seguido por Gruñón, Feliz, Dormilón, Estornudos y Tímido; cerraba el grupo Mudito que, con un leve tintineo de campanilla y lágrimas en los ojos, indicó a sus hermanos que estaba triste. 

La jornada transcurrió tenue y sin luz, pero Sin trabajó con ahínco para que sus hermanos encontraran la casa perfecta y la cena deliciosa tras un duro día de trabajo.

En el momento que se sentó en una sillita a descansar, un trueno ensordecedor hizo temblar los platos y los vasos que estaban sobre la mesa, al tiempo que una humareda negra envolvió la habitación; al disiparse, los ojos de Sin parecían salir de las órbitas cuando vio lo que allí había aparecido: una anciana fantasmagórica, de piel arrugada y nariz grande le dijo:  

Querido niño, ¿querrías dar cobijo a esta vieja? Estoy fatigada y necesito descansar.

—Sí señora, siéntase. —respondió Sin, señalando la silla que estaba a su lado. Mientras la mujer se acomodaba, pudo observar su aspecto con detalle: una amplia túnica negra cubría un cuerpo jorobado y delgado; largos mechones blancos salían de la capucha y reposaban sobre   brazos blancos que finalizaban en manos huesudas de uñas amarillas.

Te has portado muy bien con esta anciana, te ofrezco este manjar.

Alargó el brazo y cogió una brillante manzana roja de la cesta que traía consigo y que había dejado en la mesa.

—Comela . —le dijo, ofreciéndole la fruta.

—Gracias señora, me gusta mucho.

Lo sé, lo sé ... —murmuró la vieja.

Sin mordió la manzana y cayó desplomado.

—¡Ja, ja, ja, niño tonto! —exclamó— ¡Bienvenido al mundo de Escle!

Otro trueno resonó en la casita al tiempo que un remolino de humo negro   envolvió a la bruja, que se transformó en Escle y desapareció.

Cuando el silencio volvió a la habitación, Sin empezó a moverse ya desperezarse:

—¡Oaaa, oaaa! —gimió suavemente— ¿Qué hago en el suelo?

Se movió de manera pausada, pues su cuerpo estaba cansado y sin fuerzas.  

Una vez consiguió ponerse en pie, sus piernas no mantenían el equilibrio y empezó a tambalearse de un lado para otro hasta que consiguió asirse a una silla y sentarse.  

—¿Qué me ocurre? —preguntó al aire, con lágrimas en los ojos.

Tras esos momentos de desconsuelo, unas voces que se acercaban le llamaron la atención:

—Lalalalí, lalalalá, nos vamos a cenar, lalalalá, lalalalá, lalalalá, lalalalá...

Eran sus hermanos; secó las lágrimas y les esperó con una gran sonrisa de bienvenida.

—Hola Sin, ¿cómo ha ido el día? —le preguntó Sabio al entrar en casa.

—Muy bien, Sabio. —dijo en tono incrédulo.

 

 

 

La vida de Sin no era la misma desde la visita de Escle:

 La fatiga que sufría desde que se despertaba ocasionaba que sus tareas hogareñas quedaran a medio hacer.

 Cuando iba a trabajar con sus hermanos no podía ayudar a Mudito; Era incapaz de mantenerse en pie por un espacio de tiempo prolongado, tenía que permanecer sentado. En el regreso al hogar, siempre era el último en llegar, su paso era lento e intermitente.

La situación era insostenible:

—¡Otra vez sin almuerzo! ¿Qué vamos a comer? ¡Nos moriremos de hambre! —chilló Gruñón al comprobar que, un día más, Sin no había cocinado.

—¡¡¡Gruñón, no puedo!!! —vociferó Sin, que se quedó en llanto desconsolado.

En ese instante, un suave “toc,toc” sonó en la puerta. Mudito la abrió y   al momento las campanillas empezaron a tintinear.

Un “Ooooohhhhh” surgió de los enanitos, que no podía creer lo que estaban viendo:

—¡¡¡Blancanieves!!!— exclamaron.

La princesa se acercó a Sin, que todavía seguía llorando, y le besó dulcemente en la mejilla. Éste se sonrojó levemente, alzó el rostro y dijo:

—Gracias.

En ese momento, un humo blanco rodeó a la joven y cuando se hubo disipado, una mujer preciosa con vestido blanco y corona de brillantes apareció ante ellos.

Queridos enanitos, soy Mielina, el hada que ha venido a explicaros qué le ocurre a Sin.

—¡Menos mal, tengo hambre! —murmuró Gruñón.

—¡Cállate! —le aprendió.

Entiendo tu nerviosismo —prosiguió Mielina —. La responsable de todo es Escle, mi hermana, que visitó a Sin mientras estabais trabajando.

— ¿Qué pasó? —preguntó Sabio.

Le ofreció una manzana encantada; con el primer mordisco le llegaron los duendecillos traviesos que le causan el estado en el que ahora se encuentra. 

— ¿Siempre estará así? —cuestionó Sin— mis movimientos son lentos y no puedo realizar mis tareas.

No lo sé, tal vez cuando los duendes se cansen de jugar , tu problema desaparece. Son seres revoltosos pero buenos; Habrá un día en el que comerás una sabrosa manzana que te devolverá la energía.  —contestó.

— ¿Qué podemos hacer nosotros? —preguntó Feliz.

Simplemente, ayuda mucho cuando os lo pida y entienda su situación.

Un chasquido de sus dedos hizo aparecer de nueva la nube blanca y al instante desapareció.  

Todos se quedaron en silencio sin saber qué hacer ni qué decir. Sabio se levantó de su silla y dijo:

— Yo ya sé cómo le podemos ayudar.

— ¿Cóoomo? —chillaron al unísono excepto Mudito, que repicó la campanilla.

—Necesita comprensión y cariño, por tanto, su nombre a partir de ahora será LENTITO.

Todos se quedaron un tanto asombrados:

 

—¡Tilín, tilín, tilín! —dijo Mudito.

—¡Qué nombre más dulce! —expresó Feliz.

—Bueeeenoooo —bostezó Dormilón.

—De acuerdo, sí, sí. —Susurró Tímido.

—¡Perfecto! ¡Aachís, aachís! —comentó Estornudos.

—Como siempre, acertada decisión —añadió Gruñón—. Lentito, quiero pedirte perdón por mi comportamiento y mi mal humor. Te ayudaremos en todo lo que podamos siempre que nos lo pidas —concluyó .

 

 

COLORÍN, COLORADO, ESTE CUENTO HA TERMINADO.

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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