Había una vez, en un reino muy lejano, una casa en la que vivía Alice, una joven bella y risueña, junto a su madrastra y dos hermanastras, Anastasia y Greta.
Maximilian, coronel del ejército y padre de Alice, se casó con Hilda tras la muerte de su primera esposa y madre de la joven, con la intención de que su hija estuviera cuidada. Los días transcurrían felices y harmoniosos para las cuatro mujeres hasta que llegó la mañana en que un mensajero del reino dio la noticia:
—Buenos días señora —dijo a Hilda cuando ésta abrió la puerta—. Siento comunicarle que su esposo ha muerto.
La mujer cerró de un portazo dejando con la palabra en la boca al soldado.
—¡Oohhhhhhhhhhh, qué desgracia! ¡Niñas, venid de inmediato!
Las tres chicas se presentan ante Hilda
—Vuestro padre ha muerto —les comunicó, sin mostrar una sola lágrima ni asomo de tristeza en el rostro.
—¡Qué pena, era un buen hombre! —dijo Anastasia, mientras seguía con un dedo el rizo de un mechón de la melena.
—Vaya... ¿Quién me enseñará ahora a montar a caballo? —gimió Greta.
—Papá... —las lágrimas empezaron a resbalar por las mejillas de Alice, que explotó en un tímido llanto.
Al día siguiente, Hilda reunida a sus hijas en el salón y una vez estuvieron sentadas en el diván y atentas, les comentó:
—Queridas mías, la noticia de la muerte de vuestro padre nos ha impactado pero la vida sigue y nos hemos de organizar. He decidido dar el luto por finalizado y repartirnos las faenas domésticas.
Las caras de Anastasia y Greta palidecieron tras escuchar lo que había dicho su madre.
Alice no se inmutó, los ojos estaban aún sumergidos en un mar de pena que intentaba reprimir la salida de más lágrimas.
—A ver Anastasia, te encargarás de asearte, peinarte y cuidar la hermosa piel de tu rostro —apuntó Hilda.
—Alice, tú te ocuparás de lavar la ropa, cocinar, barrer, fregar y deshollinar la chimenea. Greta, tú serás la responsable de pintar hermosos lienzos y hacer sentirnos orgullosos de tu talento. Por cierto Alice, también deberás ocuparte de cuidar el jardín y de coser nuestros vestidos. Esto es todo niñas. ¿Alguna pregunta? —concluyó.
—Perdone señora, —apuntó Alice, que siempre trataba a su madrastra con sumo respeto —creo que la distribución de los trabajos no está equilibrada.
—¡Otra cosa mamá, Alice nos traerá el desayuno a la cama cada mañana! ¡Nuestras manos son demasiado delicadas para maltratarlas tocando alimentos impregnados con la tierra sucia del jardín! —exclamó Anastasia.
—Correcto hija mía. Por otra parte Alice, ¿No te das cuenta de la responsabilidad que vas a tener? Nuestro hogar debe estar siempre impoluto, perfecto. ¡Eres una niña vaga y desagradecida! —chilló.
—Perdone por mi atrevimiento señora —murmuró Alice mientras bajaba la cabeza.
Tras esa reprimenda, la joven no volvió a protestar y se limitó a realizar el trabajo que le había ordenado su madrastra.
La vida resultó una sucesión de días monótonos y tristes para la hija del coronel. La jornada se iniciaba con el despuntar del alba y concluía cuando la luna acurrucaba a la última estrella.
—¡Alice, el desayuno! ¡Alice, tienes que coser mi vestido! ¡Alice, el almuerzo! ¡Alice, tengo frío, enciende la chimenea!...
Así cada día, hasta que una mañana Hilda llamó a sus tres hijas para decirles: "Acabo de tomar una decisión. Alice, a partir de ahora te llamarás Cenicienta. Un acorde nombre con tus quehaceres domésticos".
—¡Una decisión muy acertada mamá! —exclamó Anastasia— Su antiguo nombre era muy fino para ella.
—¿Y por qué Cenicienta? —preguntó Greta.
—Buena observación, hija. Esta palabra significa que tu hermana toca a menudo la ceniza de la chimenea y se tizna con ella.
—¡Qué lista eres mamá! —apuntó Anastasia mientras se acariciaba el mentón— Yo hubiera dicho lo mismo.
Llegó un día en el que la joven se sentía diferente: más triste, apesadumbrada... Los pajarillos, que se habían dado cuenta de su melancolía, le cantaban y hacían que los trinos marcaran el ritmo del trabajo. Las flores, abiertas ya por la primavera, lanzaban sus aromas al jardín y el agua que brollaba de la fuente refrescaba una mañana clara y diáfana.
Pero todo eso no alteraba el estado de ánimo de Cenicienta. Tras barrer, cocinar, fregar, coser, zurcir y atender las órdenes de sus engreídas hermanastras: “Cenicienta, abre la puerta, quiero salir al jardín”, “Cenicienta, retira la silla de mi paso, ¡puedo caerme, pareces tonta!”, la noche cayó como una losa sobre ella y se retiró a su cuarto a descansar.
La estancia era fría y desangelada. Apenas se hubo estirado sobre la cama el cielo se abrió. Un rayo de luz negra acompañado de una fuerte ráfaga de viento, se introdujeron en la habitación.
Todo aquel estruendo hizo a Cenicienta cerrar los ojos y protegerse con los brazos.
Cuando el silencio volvió, la niña retiró las manos de su cara.
— Hola querida mía, ¿Te he asustado?
—dijo una voz
—¡Aahh...!¿Quién es usted?, ¿Qué quiere? —exclamó Cenicienta, mientras observaba atónita la imagen que estaba frente a ella. Era una mujer alta, vestida con una larga túnica negra que brillaba con los destellos que salían de un palo plateado que sostenía en su mano derecha.
— No te inquietes pilluela, nada te va ocurrir — las palabras acompañaban a una mueca irónica y traviesa — . Soy Escle, tu hada madrina que bien te quiere y que desea que a partir de este momento tu vida cambie. Anda, dame un beso.
Cenicienta no entendía qué estaba sucediendo pero se acercó su rostro al de Escle y se lo dio.
— ¡Ja,ja,ja, tu beso será mi vida en ti! —gritó, y con un chasquido de dedos, desapareció.
Tras la escena vivida, se recostó en el lecho y quedó profundamente dormida.
La noche transcurrió en calma, Cenicienta pudo así reposar del trabajo y de la visita de Escle.
Los primeros gorriones despertaron con el alba y entraron en la habitación para dar los buenos días a una joven que empezaba a desperezarse:
—¡Ooooh, qué bien he dormido!
Saltó presta de la cama pues el trabajo la esperaba. Cazuelas, platos, vasos y cucharas atendían a sus dulces y delicados toques. Sin embargo, esa mañana en la cocina no existía la misma armonía de siempre.
Las manos de la joven no tenían la misma movilidad de siempre; Parecían dormidas y tenía la sensación de que millas de hormigas recorrían los dedos sin destino ni orden.
Tras preparar el desayuno a duras penas, los gritos de Anastasia y Greta empezaron a oírse:
—¡Cenicienta tenemos hambre! ¡Queremos desayunar!
—¡Ya voy! —contestó.
El primer desayuno fue para Hilda:
—Buenos días señora —saludó, entrando al cuarto de la madrastra con una bandeja en la que descansaban un tazón de leche, un generoso trozo de pan y otro de queso.
A Hilda, como bien sabía Cenicienta, le gustaba desayunar en la cama. La joven se acercó a ella y, justo en el momento de descender la bandeja para que su madrastra empezara a comer, un temblor brusco en su mano derecha hizo que el tazón de leche saliera disparado por los aires y cayera encima del regazo de Hilda. La leche se desparramó por la cabeza y brazos de la mujer, que lanzó una serie de impropios y alaridos descomunales:
—¡¡¡Aaaaaahhhhh!!! ¡¡¡Puaaajjj!!! ¡Qué asco! ¡Cenicienta, niña estúpida! ¿En qué estabas pensando? ¡Me ha ensuciado toda!
—Lo siento señora, no sé qué ha pasado. No era mi intención... —apuntó con voz baja y un tanto desconsolada.
Ese suceso fue el inicio de la incapacidad de la joven para llevar a cabo sus tareas: estaba siempre cansada, perdía el equilibrio y no podía barrer ni fregar, amén de haber roto toda la vajilla debido a la insensibilidad de sus manos.
La casa estaba hecha un desastre, sucia e habitable:
—¡Cenicienta, no has hecho la cama, ni el almuerzo! ¡No has lavado la ropa! —chilló Greta— Si te has cansado de nuestra amabilidad y presencia, dínoslo.
—No es eso Greta; no sé qué me sucede. Solo os pido un poco de ayuda y comprensión.
—¿Ayuda? ¿Habéis oído eso? ¡Qué desfachatez! —exclamó Anastasia.
—La Cenicienta que vivía con nosotras no es la misma de ahora. Tu comportamiento es inaudito —reflexionó la madrastra—. No sé qué vamos a hacer.
Hilda y sus hijas quedaron pensativas intentando encontrar una solución al problema.
—¡Menos mal que tenemos preparados los vestidos para el baile de gala de palacio de mañana! ¡Pulir! —exclamó Greta.
—¿Podré ir yo?—preguntó Cenicienta.
—¡¡¡NO!!!— gritaron las tres al unísono.
Llegó la noche y, cerrada en su cuarto, la joven no podía hacer otra cosa que llorar y balbucear: “¿Qué he hecho yo para ser tan desgraciada?”
Una nube blanca apareció en ese instante y, tras arremolinarse y girar en torno a ella, la figura de una bellísima mujer de túnica blanca la saludó:
—Buenas noches Alicia. Soy Mielina, la hada hermana de Escle.
—No soy Alice. Mi nombre es Cenicienta. ¿Qué quiere usted de mí?
— Quiero tu felicidad y ahora no la tienes. Para empezar, Cenicienta ha desaparecido. Mírate y ve al salón ya la cocina.
Así lo hizo. Sus harapos se habían convertido en un hermoso vestido azul, el salón estaba limpio y barriendo. La cocina no parecía la misma: una vajilla flamante reposaba en la mesa. Toda la casa olía a flores.
—¡Esto es maravilloso! —exclamó Alicia.
— Mañana vendrán a buscarte dos pajes por orden del príncipe. El palacio será tu nuevo hogar.
—¡¡Ohh!! —musitó la joven.
—No te confundas. Escle todavía vive en ti.
— ¿Cuándo se irá? —preguntó Alice.
—No lo sé. Lo que sí sé es que a partir de ahora harás lo que quieras en palacio y como quieras, a tu ritmo. Escle desaparecerá en cualquier momento. Ante todo, sé feliz.
Y chasqueando los dedos desaparecieron.
FIN
No hay comentarios:
Publicar un comentario